Anhelando Iruya…


Veníamos anhelando este pueblito desde hacía tiempo.


Para Becky, mi amiga, conocer Iruya era uno de esos sueños que siempre estaban pendientes. Por alguna razón, cada vez que intentaba llegar, el viaje terminaba antes de empezar. Y por un momento pensamos que esta vez iba a pasar lo mismo.


En Humahuaca tuvimos que dejar el auto alquilado para que se lo llevara la grúa. Nos dieron otro y seguimos. Esta vez, por suerte, la suerte estuvo de nuestro lado.


Antes de ir, varias personas nos dijeron que bajáramos las expectativas. Que Iruya era lindo, pero no para tanto... No les hagan caso.


También nos dijeron que la ruta era difícil. Tampoco.


Si no te asusta la altura y disfrutás manejar entre montañas, el camino está impecable. Solo hay un consejo que sí vale la pena seguir: salir temprano. Iruya es un pueblo al que muchos llegan por el día y se van al atardecer. Si hacés el recorrido a la tarde, cuando todos vuelven, el camino se vuelve lento porque te cruzás con los autos en la montaña. Pero si llegás temprano, la montaña es casi toda para vos.


Y qué montaña.


Las vistas para llegar a Iruya fueron las más lindas de todo el viaje. No solo por lo que muestran, sino por lo que esconden. Hacen que el pueblo se vuelva cada vez más deseado. Más lejano. Más imposible.


Hasta que, de repente, aparece.


Como dice la canción:


"Escondida en la quebrada, su capillita la delata."


Y es así.


Después de kilómetros de montaña, lo primero que se ve es la iglesia. Como si alguien hubiera decidido guardar un pueblo entero entre los cerros y dejar solo una pista para encontrarlo.


Las montañas que rodean Iruya son violetas. Del color de los sueños.


Las calles son de adoquines. El tiempo parece haberse olvidado de pasar por Iruya.


Al mediodía levantás la vista y los cóndores empiezan a aparecer. Giran sobre el pueblo con una naturalidad que hace pensar que siempre estuvieron ahí. Aparecen y desaparecen entre las quebradas.


El Mirador de la Cruz al amanecer es otro imperdible. Las nubes aparecen y desaparecen, dejando ver el pueblo por unos segundos para volver a esconderlo. Como si Iruya decidiera cuándo dejarse mirar.


También recomiendo ir hasta San Isidro.


Nosotras fuimos en auto, aunque el camino invita a hacerlo caminando.


Lo que nadie nos contó es que está lleno de burros.


Y, al menos yo, no sabía que los burros son de los animales más cariñosos que conocí. Solo buscan mimos y compañía.


Pero, como pasa tantas veces en el norte, lo más lindo no es llegar. Es el camino.


Y después está perderse por las calles de Iruya.


Caminar sin mapa, doblar en cualquier esquina, hasta que todas las calles empiecen a resultar familiares.


Nosotras también tuvimos la suerte de conocer la Laguna Verde.


Uno de los del pueblo nos contó que se había formado después de un alud y que probablemente desaparecería en menos de un año.


No sé cuándo vas a leer esto.


Pero, si todavía existe, andá.


Vale la pena. Parece un poco Marte.