CUSCO – VALLE SAGRADO – OLLANTAYTAMBO – PÍSAC – URUBAMBA – CHINCHERO – MÁNCORA
Phuyupatamarca
EL LUGAR SOBRE LAS NUBES
 
 
Perú: donde aprendimos a improvisar
"Que me roben las maletas y yo pueda viajar con las manos libres." — Alejandra Pizarnik
No teníamos plan. No teníamos vuelos confirmados. Yo ni siquiera tenía celular, porque me lo habían robado antes de irme. Y aun así, o quizás por todo eso, Perú terminó siendo uno de los viajes más increíbles de mi vida.
Esto es lo que pasó.
Nuestro viaje a Perú arrancó raro. Porque, en realidad, no íbamos a Perú.
Teníamos pensado ir a Ecuador, pero justo se había puesto medio peligroso y, en una escala en Lima, decidimos bajarnos del avión y cambiar todos los planes. En el fondo sabíamos que nos íbamos a quedar en Perú.
No teníamos idea qué hacer.
Solo dijimos:
"Bueno… vamos a Cusco".
Los vuelos internos estaban imposibles de caros, así que terminamos tomando un bondi larguísimo. Más de 24 horas. Becky, mi amiga, durmió TODO el viaje como si estuviera en un hotel. Yo, en cambio, sentía que me moría. Me pegó la altura antes de llegar, me faltaba el aire y encima no podía dormir. Sentía que no me alcanzaban los respiros.
Pero después de esa eternidad apareció Cusco.
Y fue amor instantáneo.
Encontramos un hostel que terminó siendo literalmente nuestra casa. De esos lugares simples pero perfectos: bien ubicado, barato, cómodo y con un desayuno digno de sobrevivir caminatas eternas. Se llamaba Pirwa. Lo nombro porque la buena data se recomienda.
Cusco tiene algo especial. No es solo lindo. Tiene energía. Te atrapa. Te abraza.
Nos despertábamos temprano sin querer, caminábamos sin mapa y siempre terminábamos en lugares increíbles. Fuimos a varias ruinas y ahí entendí algo: si van, contraten a un guía de los que están ahí. Sin contexto son piedras lindas; con historia, cambian completamente. El nuestro se llamaba Rómulo y era un personaje. Nos enseñó palabras en quechua, historias del Imperio Inca y detalles mínimos que hacían que todo cobrara sentido.
También recomiendo salir de joda. Pasan cosas, conocés gente y terminás en situaciones completamente fuera de contexto que valen la pena. Cusco es bastante seguro; nunca tuvimos miedo, pero éramos dos y siempre estábamos atentas.
San Blas es divino. Hay que perderse por sus calles y entrar a todos los puestos. Sin mapa, sin guía. Y la comida… siempre el menú turista: riquísimo, baratísimo y tirás todo el día.
Después de unos días aclimatándonos a la altura decidimos hacer el Salkantay Trek.
No sé de dónde saqué la confianza porque experiencia en trekking: cero. Pero bueno, una siempre cree que puede todo hasta que está subiendo una montaña sin aire.
Las vistas parecen inventadas. Había momentos donde literalmente frenábamos solo para mirar alrededor y procesar que eso existía de verdad.
La Pachamama está ahí en todos lados. Las montañas te miran y te guían. Las nubes hacen que todo sea más mítico y misterioso, y cuando se abren y aparece el sol, lo recibís como un regalo. Lo disfrutás al máximo porque sabés que en cualquier momento se va.
Y ahí empezás a entender a los incas. Tiene todo el sentido del mundo que veneraran al sol. Caminando entre esas montañas, bajo ese cielo que cambia cada cinco minutos, entendés por qué lo llamaban Inti y lo trataban como una deidad. Porque cuando aparece, da vida. Se siente así.
Una parte la hice a caballo porque tampoco había necesidad de hacerse la atleta extrema. Nuestro grupo era un rejunte espectacular: dos argentinas, un japonés, una chica de Filipinas, franceses, gente de Londres, esas mezclas random que solo pasan viajando.
Lo que NO recomiendo es tomar mucho pisco sour. Yo un día me pasé y terminé vomitando al día siguiente, justo en la caminata más complicada. Casi me muero: uno, de vergüenza; dos, de resaca. El alcohol en la altura pega el triple. A tener en cuenta.
Y después de cinco días caminando llegamos a Machu Picchu.
O eso intentamos.
Porque había huelga y estaba cerrado. Pero como veníamos haciendo el trekking hacía días, nos dejaron entrar igual. Así que terminamos viendo Machu Picchu casi vacío.
Fue increíble.
Aunque claramente, cuando llegamos, estaba completamente tapado por una nube gigante. Muy cinematográfico todo. Nos mirábamos tipo:
"¿Caminamos cinco días hmmm...?"
Por suerte después se abrió y apareció. Y sí, es impresionante.
Pero honestamente, para mí lo más increíble no fue Machu Picchu. Fue llegar hasta ahí caminando. El camino entero hace que el lugar tenga otro peso. Otra emoción. Después de subir montañas y caminar durante días, llegar ahí se siente distinto. Lo apreciás más, sos más parte de él. Es el la conclusion.
Después vino el Valle Sagrado. Y ahí ya directamente me quería quedar a vivir.
Pisac me robo el corazón. Las tardes en la plaza eran perfectas. Nos sentábamos horas a hablar con gente que aparecía de la nada. Todo el mundo parecía estar viajando sin mucho plan, igual que nosotras.
Pero Ollantaytambo fue, sin dudas, el pueblo más mágico. Parecía irreal. De esos lugares donde pasan cosas que después contás y no parecen ciertas. Terminamos en la fiesta de un santo en el medio de las montañas, rodeadas de gente local, música, todo random pero parecía lo más normal.
También conocimos a Emilio, un guardia de unas ruinas perdidas que nos terminó contando su vida entera. Después, obviamente, nos perdimos bajando entre las montañas.
El Valle Sagrado tiene algo difícil de explicar. Como si todo ahí estuviera un poco más vivo. Perdido en el tiempo.
Fuimos también a Urubamba, pero ahí ya estábamos cansadas. Las mochilas pesaban el doble, no encontrábamos dónde dormir y entramos en ese modo horrible de viajeras agotadas donde todo molesta. Así que hicimos lo más lógico del mundo: volver a Cusco. Porque ya era nuestra casa.
También pasamos por Chinchero. Recomiendo ir un día, sobre todo para comprar textiles y ponchos divinos, pero no mucho más.
Después de semanas viviendo entre montañas, hojas de coca, mercados, trekking, gente random y calles empedradas, necesitábamos algo completamente distinto.
Más calor. Más arena. Otro ritmo.
El segundo capítulo del viaje nos estaba esperando.
Máncora.